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De Rabia y de Impotencia

Incluso los que deambulamos con más pena que gloria por los vericuetos del triatlón amateur sabemos que es absolutamente imposible mantener el estado de forma ideal durante toda la temporada. Forma física y forma mental, puntualizo, porque la ‘forma’ en genérico pocas veces se puede coger en conjunto. Cuando sucede…¡bingo!

Tenemos aquella sensación efímera de que somos invencibles, de que destrozaremos el cronómetro y a cualquiera que se entrometa en nuestro camino, que reventaremos KOMs (cuánto daño está haciendo Strava…) y realizaremos marcas que quedarán grabadas en las retinas de todos aquellos que públicamente nos felicitan y secretamente rabian a muerte por nuestros logros (no lo neguéis, os estáis viendo reflejados la mayoría de vosotros).

Pero una vez llegados a una cierta fase de madurez (por no decir envejecimiento), los momentos bajos parecen cada vez más bajos: nos lesionamos con más frecuencia; por regla general, nos cuesta mucho más recuperarnos y, especialmente, nos resulta difícil encontrar un asidero en forma de motivación para poder reencontrar la dichosa forma.

Posiblemente, la lesión física conlleva también una “lesión mental” que se manifiesta con síntomas parecidos a los de la depresión cada vez que nos hablan de deporte. Nos cuesta animar al compañero, nos desespera asistir a competiciones en las que no podemos participar y nos da grima cada whatsapp de felicitación litúrgica por un gran entreno realizado en grupo (curioso, que todos los entrenos realizados coralmente suelen ser “entrenacos”, a tenor de lo publicado en las redes. Nunca he leído aún la expresión de “entreno de mierda, felicidades chavales”). La rabia mal canalizada llega al extremo de odiar a aquel runner ocasional que ves correr por el paseo a 7 minutos el quilómetro mientras tomas conciencia de que tú apenas puedes levantar la pierna sin dolor.

Murakami hablaba del ‘blues del corredor’ después de afrontar una prueba extrema, aquel hartazgo (o ‘pasotismo’) que nos invade después de una temporada larga de preparación y tras la prueba-objetivo en sí. Pues bien, si existe el ‘blues del corredor’ en esas circunstancias, me atrevo a bautizar lo mío como el ‘réquiem del triatleta popular’: “Dícese del momento más bajo –físico o moral- en el que el triatleta popular siente o cree que las cosas nunca más volverán a ser iguales, las lesiones se eternizarán y la fuerza moral se desvanecerá para siempre”. ¿Os suena la definición?

Afortunadamente, la mayoría de esos réquiems son transitorios, aunque me temo que cada vez más frecuentes a medida que vamos sumando años en nuestro DNI. A partir de una cierta edad ya no solo hay que entrenar las tres disciplinas. Todos sabemos que las transiciones se tienen que preparar también a conciencia. Incluso esas tan jodidas que nos trasladan en un instante de creernos dignos de Kona a estar postrados sobre una muleta, bajo una lámpara de infrarrojos o junto a nuestra más profunda decepción, tachando pruebas del calendario que querríamos haber hecho y que no podrán ser.

Por cierto… escribir este artículo me ha servido de excusa perfecta para saltarme el entreno programado para hoy, 2700m de natación.

Rafa Navarro

Periodista y guionista. Triatleta y corredor de fondo desde que entró en su segunda juventud, que curiosamente coincidió con la crisis de los 40. Twitter: @rafa_navarro

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